viernes, agosto 26, 2011


Presencias & ausencias

Finales de agosto de 1977

A mi madre, Celia Vázquez,

que mañana cumpliría 86 años y murió en mi ausencia,

in memoriam

“No sabemos qué hacer, pero lo hacemos. Cuando nos cruzamos con alguien que tiene que ver con la militancia política, no sabemos qué hacer, si hablarle o hacernos los burros y seguir como si no lo conociéramos, tantas veces tuvimos que levantar la casa en el último año y medio, más de veinte, tantas veces mi madre que ahora delira pidiendo compasión llevó sus bolsas de la feria cargadas de libros y objetos peligrosos de un lado a otro, aún hasta bien avanzado su cáncer, tantas veces participó del desaliento de nuestros secuestrados que ya no aparecían más ni por casa, ni por ningún lado, tantas veces le puso flores a la tumba de Diego y de Manolo. Nosotros hacemos y vendemos o tratamos de vender artesanías, mejor dicho, vos las hacés porque yo soy una inútil para eso. Los buenos amigos que volveremos a ver cuando volvamos de Holanda nos ayudarán a vender, aún más, con cualquier pretexto, nos invitarán a comer. Trabajo no podemos encontrar de ningún modo, sólo alguna que otra lección particular de castellano. Los otros, los que se prueban la ropa que vas a dejar, nos cerrarán las puertas, literalmente, no nos querrán ver, ya no somos la juventud heroica del 73 que era bien hacer sentar a la mesa, como esos nobles que siempre llevaban a un poeta trasnochado o a un pintor escandaloso para divertir a sus invitados, ya no daremos ni prestigio, ni poder, ni siquiera, diversión, a lo sumo, miedo. Somos NP, antes de ser tal vez NN, somos como leprosos que caminan con un estigma por la calle, sifilíticos que hay que rechazar por temor al contagio, ya no hay ni siquiera parientes que no le tengan miedo a nuestra presencia, somos a esta altura desafortunados y la gente le escapa al perseguido, el terror los enceguece más que el éxito y nosotros, tuberculosos inconscientes como mi abuelo paterno, seguimos ambulando por la ciudad, volvemos a vivir en nuestra casa al lado de la vía, nuestra casa con una ventana en los árboles, dormimos con el oído atento, un día golpearán la puerta y preguntarán por vos, yo diré que no te conozco. Gracias al dios de mi madre, nunca llevé ese nombre, pienso. Otro día, alguien tocará el timbre preguntando si el dueño de esa cupé del año 35 pintada de azul que está junto a la vía, vive ahí, yo ya ni sé que contesté, pero algo creo que presentí.

El día 26 de agosto será un viernes y mi madre cumple años mañana. Yo no sabré qué regalarle a una madre como la mía consciente de su poca vida y le haré una pasta frola y me iré al centro. A mi hijo lo irá a buscar mi padre al jardín de infantes y se quedará con él hasta la noche.

Me voy, seguro, en el tren a Retiro, me voy a encontrar con dos viejos ex-compañeros de esos que pensábamos que no podían seguir vivos y que encontramos por casualidad. Yo, rechazada tuberculosa inconsciente, creía que ya todo terminaba y no pensaba salir de esa ciudad, a lo sumo, irme a Mar del Plata, al departamento que mis tíos y mi madre ya quieren vender. Yo, en el tren, con el sol del invierno que cae, creo que haré este viaje eternamente. El día antes me encontré con un compañero de la UB de Chacarita a la que hace tres años que no voy, estuvo haciendo un juego de media hora antes de acercárseme, para ver si me seguían. Cuando se me acercó me dijo que los milicos tenían nuestros datos, que nos estaban buscando, que nos rajáramos lo antes posible. Yo no sé ni su nombre, cuando vuelva no sé si lo podré reconocer en la calle. Le dije que no, que no me iría, que lo peor ya debe haber pasado, pero que igual, gracias. Me dijo: Flaca, no da para más. Suerte, de cualquier modo. Y se fue. Yo en el tren a Retiro pienso de nuevo: ya pasó lo peor. Yo ya me fui el año pasado, después del secuestro de la Gorda, al Paraguay, y de ningún modo, me voy de aquí. Tengo en el bolsillo la carta de una pareja que escapó a Brasil, que está haciendo los trámites ante las Naciones Unidas.

El sol cae ya fuerte en agosto, mi padre a veces toma sol en la terraza y los jacarandás florecen en el Rosedal. En el hipódromo se preparan para la carrera de mañana, me acuerdo de nuestros domingos de hipódromo en 1967, 68 y de los domingos en la villa Saldías. Cuando volvamos, a la noche, después de buscar a nuestro hijo, veremos a dos tipos sospechosos que se esconderán atrás de un árbol en la esquina de casa. Tan infantil nos pareció su manera de actuar que descartamos que fueran canas, no nos vamos a dejar atrapar por la persecuta, dijimos. Dormimos como siempre, a pierna suelta, pero con un oído en lo alto de la noche. A las ocho y media de la mañana, el timbre: la vecina con la que yo tomaba el té y hablaba de las plantas, de los geranios de mi patiecito. Me pedirá en voz muy baja que le abra, me dirá que ayer estuvo un grupo de civil haciendo averiguaciones sobre nosotros, que nos vayamos, por el amor de dios, que nos van a matar o algo peor. Yo agarro a mi hijo y un bolso de cocodrilo con todos nuestros documentos, salimos pistola a mano, dispuestos a todo. No querré ir a ver a mi madre por miedo a no poder irme, le diré a mi padre que hay una pasta frola para ella sobre la mesa. Al mediodía nos encontraremos con los ex-compañeros con quienes estuvimos el día anterior. Comeremos en el Puerto de Olivos. Evaluaremos la situación: nadie nos abrirá las puertas: dos personas marcadas y un chico que quizás despellejan vivo delante de nosotros para hacernos decir lo que no sabemos porque el último tiempo sólo trabajamos para comer y conservamos la piel. No tenemos plata, es fin de semana, es fin de mes, mi madre se está muriendo y mi viejo no tiene un mango. Recorreré a la tarde uno a uno todos los pocos amigos que una vez me ofrecieron plata y yo nunca acepté. Vos comprarás un boleto para Brasil en ómnibus para mí y para mi hijo, pero además se necesitan 200 dólares para poder entrar en Brasil, que nos dará el padre de un compañero ya muerto. Yo no podré despedirme de tu familia, no sé si me despedí de tu hermano mayor que es para mí un hermano mayor. No vi a las mujeres de mi casa, sólo les hablé por teléfono, tratando de contener mi ansiedad, por otra parte, estaba acostumbrada a hacerme la fuerte, era necesario. En Federico Lacroze y Corrientes, en la confitería Imperio, me iré a despedir de mi tío Anta, que ya lagrimeaba y de mi padre que con dolor y entereza nos acompañará hasta la esquina de Alvarez Thomas y Lacroze y me dará un millón de pesos. Era sábado a la noche.

En la mesa del Albor de Cabildo y Lacroze, el Tío R, nuestro compañero de antes, me puso 5 palos. No se los quise aceptar a pesar de la situación. Finalmente los agarré. No sabíamos nada de los campos de concentración ni de los chupados ni nada de eso, sólo que te reventaban si te agarraban vivo. Al tío aparentemente lo levantaron para el mundial. Nadie sabe si está vivo o muerto. Tenía ojos de lechuzón, muy verdes y las manos grandes, casi tan grandes como las de Diego y tartamudeaba un poco. Un día me quiso besar en la boca para hacer un chiste y vos casi lo matás. El tío R. es un libro y un corazón aparte.

A la noche, nuestro ex-compañero nos llevó a dormir a una casa y me regaló un libro con una poesía de dedicatoria.

A las ocho de la mañana de Retiro sale el ómnibus para Río de Janeiro. Yo te dejaré a vos sin saber si nos volveremos a juntar o no, te dejaré a vos y trataré de ir serena, como una gran señora en el ómnibus. Cincuenta y cinco horas. Dieciséis horas a la frontera y no sé si la paso. Sola con mi hijo, sin equipaje. Sólo la oración de la abuela de Paso del Rey. La oración de Pancho Sierra. Miro Paraná y pienso algún día tendría que visitar Paraná. Pienso que voy a Brasil como se va a Mar del Plata, quince días y después volver, cuando pase la tormenta. Le cuento historias a mi hijo que ya me acompañó de la misma forma a Paraguay hace un año y que me pregunta por qué nos vamos y yo le invento cosas como caperucitas que se comen al lobo o algo así. En Paso de los Libres me como un sandwich de jamón crudo porque en Brasil no hay jamón crudo, un sandwich que me matará de sed por dos días seguidos. Son las doce y media de la noche y el puente fronterizo está enfrente nuestro, el río y allá Uruguayana, y acá la frontera. Yo no sé todavía de los desaparecidos, pero sí sé de las largas listas negras de las fronteras. Sí sé que si está mi captura es posible que pierda para siempre. Es el fin del domingo, me digo, que es el prefijo de la muerte. Cuando sube la gendarmería al ómnibus y también el ejército -el ejército subió tres veces en el camino y mi cédula pasó- yo tengo terror contenido y con mi mejor sonrisa entrego mi cédula. Me preguntan el objeto del viaje: turismo, y me piden la venia del padre para mi hijo: tengo todo. Paso el río Uruguay que es negro entre las luces y en la frontera brasileña mi hijo se despierta quejándose en sus cuatro años de que los brasileros no saben escribir prohibido porque lo ponen sin h. Yo entrego mis papeles, muestro mis 200 dólares, me lo llevo a mi hijo a un rincón, lo abrazo, lo beso y cuando volvemos al ómnibus, acuesto a mi hijo en un asiento libre y mientras las cariocas que van en el ómnibus cantan loas a los porteños que van en el ómnibus, me apoyo en la ventanilla, pienso que nunca más veré a mi madre, que encima tendrá que aguantarse las verdugueadas de los milicos que van a ir a buscarnos y con el alma aferrada a un dulce recuerdo veo la baja luna del noreste que se mete en la selva y el río se pierde, se pierde, el río queda de por medio, el río ya no es un río, es el límite de mí misma."

© De Domingo en el cielo, Ana Sebastián.

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