lunes, julio 12, 2010




Desde chica me gustó el fútbol. En mi adolescencia y juventud seguía mis colores, los trapos, como se dice ahora, con todos los altibajos de la pasión. En 1978 estuve -con unos pocos compatriotas- contra el boycot y quedé afónica gritando ¡Argentina campeón! en Holanda, cuando recién empezaba mi vida de refugiada. En 1986, mientras los holandeses gritaban los goles de Alemania, los gozamos - junto a turcos y marroquíes del Kinkerbuurt, nuestro barrio amsterdamés- cuando salimos campeones. Tengo enmarcado y colgado, al lado de otros diplomas, el que me supe ganar del Primer Gran DT que le enrostro a todos los hombres de mi familia y amistad cuando me vienen a chamuyar sobre fútbol. No necesito a nadie que me indique "a la derecha de su pantalla, señora..." Primero, porque no soy señora y, segundo, porque no me gusta el fútbol por tv, sino en el fragor del tablón. Tuve una columna sudamericana en el semanario cultural Forum en la que llegué a comparar una gambeta con un paso de ballet. De modo que me considero idónea sobre el particular. Sinceramente, ante la definición del Campeonato Mundial de Sudáfrica, sólo esperaba buen fútbol, garra y me daba lo mismo que ganara uno u otro. Corre por mis venas sangre gallega, pero agradezco al reino y al pueblo de Holanda el asilo, la hospitalidad, el haber podido volver a estudiar, trabajar, publicar, opinar... De hecho también tengo más amigos holandeses que españoles. Pero me daba igual hasta el día en que Holanda llegó a finalista y, ante la pregunta de alguien sobre si estaba o no contenta y mi respuesta afirmativa, un muchacho se entrometió con la siguiente observación: "¡A Máxima me gustaría verla presa!" Me sorprendió y le respondí: "¿Por qué? ¿Por portación de apellido? Con ese criterio mi hijo tendría que estar muerto porque sus padres fueron guerrilleros..." "¡No, es un chiste!" trató de sonreír balbuceando pusilánime. Por lo poco que sé de Freud, eso no es ningún chiste.


El domingo puse el partido mudo y seguí haciendo mis cosas porque, como dije, no me gusta verlo por la tele. Hubo garra, pasión y lo que hay que poner en los partidos. Uruguay tuvo el mejor jugador. Mandela estuvo presente. Lo sentí por mis amigos holandeses. Pero los hechos, hechos son: España es el nuevo campeón. Lo peor del resultado hasta ese momento era que el pulpito Paul había acertado y eso me traería problemas de conciencia y una gran culpa de seudo antropofagia cuando me dispusiera a comerme uno de mis platos preferidos: pulpo a la gallega.


Hoy a la mañana oí en una FM a una conductora muy reconocida declarar socarronamente: "¡Me gusta: Máxima no estuvo tan depre desde que empezó la democracia!" Algo semejante repitiò otro periodista del espectáculo. Realmente esto colma mi inteligencia y mi sensibilidad.


¡Somos vivos, somos! ¡Por eso nos quieren en todos lados!


En plena decadencia española, Miguel de Unamuno dijo que la envidia era el mal nacional, que los españoles eran hijos de Caín. No sé si aquí se heredó la envidia de los españolesl. Pero cierta idiotez teñida de superioridad canchera es absolutamente nacional, popular y encima progre. Por eso vaya mi homenaje a los Oranje y a esa casa real que sabe de ubicación, que lleva a sus hijos al cole en bici de la misma manera que lo hacía lyo, que puede enseñar algo acerca de la tolerancia, de la concordia. Y sobre todo, no nos olvidemos: fue la primera democracia del mundo. ¡Máxima, chapeau a vos y a los nederlanders amigos! Suscribe una plebeya de alma.


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